Tengo nauseas. Mis ojos se nublan de vez en cuando conforme avanza el reloj. Tic-tac. Tic-tac. Lo hace demasiado lento y mi cabeza da vueltas. Y más vueltas a cada vez, con el final más trágico cerca, mis ojos se van cerrando. Tengo sueño. Quiero dormir, dormir y no despertar jamás. Si pudiera decir todo lo que pienso en estos momentos... Entonces moriría, podría morir en paz. No lo hago. Porque estoy sola, sola entre la gente. Insulsos. Todos me miran a ratos, con lástima. Algunos con odio, ese odio contenido por saber que yo no soy como ellos. Que jamás lo seré.
Mis pensamientos amenazan con destruirme a la vez que lo hacen las nauseas. Siento una curiosa presión en la garganta y me siento lejos del suelo. Creo que podría irme ahora mismo, salir volando, escapar, huir de todo. Huir de nada... No se puede, no puedo evitar lo inevitable, no puedo fingir que nada sucede. No me importa que aquello que tomo, esas malditas pastillas, sean como una droga, que poco a poco me vayan matando. Es como un suicidio, si me paro a pensarlo, un suicidio a largo plazo.
Sé que si me pierdo entre recuerdos me dolerá. Pero ya me duele, todo me duele. Me dañan las imágenes cargadas de felicidad, son como cuchillos que se arremolinan entorno a mi alma y amenazan. Amenazan y cortan, y destruyen, y vuelven a juntar para volver a destruir. Y en mi cara, una sonrisa amarga. Porque siento nauseas y no quiero aceptar porqué son. Porque no puedo ayudarme a mí misma. No puedo ayudarles a ellos tampoco. Merecería desaparecer, no soy buena para nada. Nunca seré buena para nada.
Estoy demasiado lejos.
Y en mi hay odio. Hay rencor por todo el daño que he recibido. Hay una fuerza horrible y desgarradora que se arraiga en las profundidades de mi ser. Está lo que han hecho de mi hasta que han logrado que deje de ser yo para pasar a confundirme entre ellos, con una máscara de sonrisas falsas. Una máscara que oculte mi dolor, mi sufrimiento, mi pena. Todo lo que he pasado, todo lo que pasaré. Mis ojos me delatan, claro, por eso siempre aparto la mirada, tal vez tímida, tal vez deseando que nadie lo note, que nadie quiera hacerse un hueco en mi corazón. No quiero dañarles... No quiero. Quiero que sonrían. Sólo pido eso.
Pero no quiero hablar de mi, no quiero hablar del monstruo en el que me convierto a ratos, sin darme cuenta. No quiero hablar de los amigos que he perdido, de aquellos a los que no volveré a ver.
He hecho promesas. No las estoy cumpliendo, la impotencia me provoca nauseas, la impotencia de saber que lloran, que se sienten mal, que no puedo estar ahí... Que no puedo abrazarlos. Quisiera hacerlo, echar a correr, correr sin parar hasta que mis piernas digan basta. Y entonces ver sus puertas. Llamar al timbre y subir a su piso. Y abrazarlos. Abrazarlos porque me importan incluso más que mi propia vida, porque si pierdo el aliento, si es por ir a ayudarlos, habrá valido la pena. Por cumplir mi promesa.
Lo lamento, lo lamento en lo más profundo de mi alma. No sois felices. Y yo tampoco. Yo no necesito serlo para poder vivir. Quiero que lo sean ellos, por mí. Y a través de sus miradas comprender cómo es descansar en paz, cómo es que no te juzguen. Cómo es sentirse querido.
Siento nauseas y todo me va mal. Y quisiera que no fuera así. Pero lo es. No funciona nada. Y a ella la he vuelto a ver. Y me ha mirado. Y he huido. Y ahora lloro, lloro porque soy débil. No soy especial. Porque estoy demasiado lejos. Demasiado lejos para abrazarlos, besar sus lágrimas y decirles que todo está bien. Y si pudiera, por un instante, esta noche aparecer en sus sueños... Cantaría de nuevo, aunque Azahara ya no esté conmigo. Les cantaría en sus sueños, y les cantaría para que jamás vuelvan a llorar.
Me castigo porque estoy lejos y siento nauseas causadas por el vértigo de verme tan arriba, tan oculta entre las nubes. ¿Por qué no puedo estar ahí? Por qué... simplemente.. ¿Por qué no puedo ser capaz de ayudar? Sólo eso. Pero estoy lejos, separada por carreteras, edificios, gente que me juzga en silencio. Y tengo miedo, tengo miedo de acortar esa distancia, la distancia que pone la pantalla del ordenador. Estoy demasiado lejos, demasiado para poder sonreír y estirar vuestra sonrisa en una mueca, estoy demasiado lejos para dibujaros, para memorizar vuestros rasgos, para poder haceros felices, para poder... No lo sé. Poner mi hombro, permitiros llorar. ¿Por qué? Me sigo castigando. Y las nauseas no se van, me acompañan. Ver que sufrís, por una u otra cosa, es el mayor horror. El mayor. Junto a saber que yo estoy demasiado lejos... Demasiado lejos.
Me castigo porque estoy lejos y siento nauseas causadas por el vértigo de verme tan arriba, tan oculta entre las nubes. ¿Por qué no puedo estar ahí? Por qué... simplemente.. ¿Por qué no puedo ser capaz de ayudar? Sólo eso. Pero estoy lejos, separada por carreteras, edificios, gente que me juzga en silencio. Y tengo miedo, tengo miedo de acortar esa distancia, la distancia que pone la pantalla del ordenador. Estoy demasiado lejos, demasiado para poder sonreír y estirar vuestra sonrisa en una mueca, estoy demasiado lejos para dibujaros, para memorizar vuestros rasgos, para poder haceros felices, para poder... No lo sé. Poner mi hombro, permitiros llorar. ¿Por qué? Me sigo castigando. Y las nauseas no se van, me acompañan. Ver que sufrís, por una u otra cosa, es el mayor horror. El mayor. Junto a saber que yo estoy demasiado lejos... Demasiado lejos.
Por que os quiero. Os quiero y me odio por hacerlo. Os quiero y quiero ver sonrisas, no una luz apagada. Me preocupo. Y es raro, porque yo nunca me preocupo por nadie, porque a mi nadie me importa suficiente como para que mi corazón lata tan rápido ante la incertidumbre.
No lo olvidéis ni lo dudéis. Sois especiales. Muy especiales. Recordad...
El mundo es feo, pero vosotros sois hermosos para mí.
Marina Cruz Chueco, 4 de Abril de 2013.
